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Nº XIII

- Me estaba preguntando por lo que nos encontramos cuando pensamos en las istituciones que nos aparecen a primera vista como claramente dedicadas a mandar en la gente.
- ¿En las istituciones que ejercen el poder?
- Bueno, eso ya sería decirlo más a lo culto, o sea, decirlo a la manera de ellos, y por tanto ya corremos el peligro de engañarnos más fácilmente.
- ¿Y no es a lo mejor essagerao lo que dices? Porque por ejemplo esta cosa tan breve de decir "las istituciones que ejercen el poder", tampoco creo que sea especialmente engañosa, ¿o sí? Porque es que si no, no vamos a poder ni hablar.
- No, no. Sí que podemos hablar: justamente, como estás viendo, lo que da que hablar es esta posibilidad de no dejar pasar así como así lo que se dice.
- Bueno, muy bien que no se deje pasar. Pero si sólo es para decir que es una manera culta de hablar, y que por tanto nos va a llevar a engaño, parece que de la propia cosa -de dónde estaría el engaño- no decimos nada. O sea, te fijas primero en que es una forma culta y la descartas sólo por eso, quitándote, por tanto, la posibilidad de hablar de la cosa misma. De si de verdad engaña o no.
- No, pero es que no puede ser que pase así como dices: No es que primero nos fijemos en si es o no una manera culta de hablar, y que entonces ni siquiera entremos en lo que dice. Si tuviéramos que ponerle orden a lo que pasa, la cosa más bien nace de que se siente algo que no encaja; se siente que algo viene a negar lo que intenta pasarse por verdad. De ahí nace -pero después- eso de que nos fijemos en que es una forma culta y lo digamos (y hay que decirlo una y otra vez). Además, claro, se puede también intentar atacar la cosa de otra forma, directamente, si quieres decir así.
   Por ejemplo, en este caso, eso de "las istituciones que ejercen el poder" tiene el problema de que parece que se sabe muy bien cuáles son; y de que se sabe muy bien qué es el poder. Que está ahí a las claras funcionando sin engaños. Y eso es lo primero que no nos creemos mucho: esas descripciones que hacen los cultos de lo que llaman Sociedad o Historia o cualquier otro invento.
- Bueno, pues entonces, ¿qué pasa con esas istituciones que mandan en la gente? Así has dicho, ¿no?
- Sí. Pasa que a lo mejor no nos fijamos en lo más inmediato de cómo funcionan. Por ejemplo, los ejércitos. ¿Qué se les impone a las gentes que meten en los ejércitos para convertirlas en soldados?
- Obediencia, ¿no? Disciplina y obediencia.
- O sea, ¿hacer las cosas que mandan?
- Claro.
- Sí, pero hay algo más elemental: Es que los soldados lo primero que tienen que aprender es cuándo hablar y de qué forma. Parece que si fuera simplemente obedecer: haz esto o aquello, no tendría por qué no dejarse a los soldados decir lo que quieran, con tal de que obedecieran: que pudieran preguntar lo que les parezca a los mandos, llevarles la contraria, tutearlos y lo que fuera.
- Sí, eso hasta da risa.
- Sí: el soldado lo primero es que tiene que callar: estar atento a lo que le digan y callar.
   Si cogemos otra situación, por ejemplo, los tribunales de la Justicia, parece que también nos encontramos la cosa elemental -costitutiva, diríamos- de que está marcado estrictamente quién y en qué forma y en qué momento puede hablar.
- Sí. Hasta el estremo de que obligan a las gentes a nombrar representantes convenientemente adiestrados para la Justicia.
- Sí, como si la gente no supiera hablar. O sea, otra vez se repite lo mismo: que la gente esté a disposición, atenta y callada.
   Y si nos fijamos, también como ejemplo, en el antiguo Régimen -lo de las edades medias y eso- en aquello de ir a misa, parece que el requisito fundamental también era ése: el estar callado. No estaba previsto que alguien soltara la voz y le preguntara al cura algo, o le dijera que eso no era verdad o que la traducción del evangelio que usaba era malísima.
- Sí, otra vez se repite lo mismo: asistir y estar callado. ¿Pero, y es que aquello tan repetido de "un respeto", no era para decirte que había que callarse?
- Sí, desde luego. Y se decía a las claras: "Niña, no se contesta". Ni a un padre, ni a un maestro...
- Pues sí... Es como si esto de mandar en la gente fuera una cosa, más que de masacres, pistolas y cárceles, de no dejar que las gentes hablen.
- Eso. Y esto, que de tan simple quizás se nos pase fijarnos en ello, parece que es el sostén de cualquier dominación de las gentes: Que la gente acuda a que le hablen -que no ande suelta por ahí- y que no pueda contestar a lo que le hablan.
- Pero eso es precisamente en lo que consiste hoy ver la Tele, ¿no? Estar atentos, escuchando lo que dicen, y parece que con menos posibilidad de replicarle aún que a un cura, porque va a seguir hablando como si no hubieras dicho nada.
- Pues sí. Esta parece la forma refinada que va tomando el Régimen... Creo que da que hablar.
                  (Pablo. Allariz, diciembre 2013)

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